
A menudo crecemos con la idea de que para encontrarnos con lo divino debemos cruzar las puertas de un edificio imponente, guardar un silencio sepulcral y vestir nuestras mejores galas. Sin embargo, existe una verdad mucho más cercana y transformadora que solemos pasar por alto.
Un cambio de dirección
Como bien dice el mensaje que hoy nos invita a reflexionar: «La casa de Dios no es el templo, lo somos nosotros».
Esta no es solo una frase bonita; es un cambio radical de paradigma. Si Dios no habita en paredes de cemento ni en salones alfombrados, significa que Su dirección de residencia es tu propia humanidad. Esto elimina la frontera entre lo «secular» y lo «religioso». No hay un interruptor que debas encender al entrar a una iglesia y apagar al salir a la calle.
El mito de los «lugares santos»
Solemos creer que hay lugares donde Dios «está más» presente que en otros. Pero al afirmar que nosotros somos Su casa, Jesús liquida esa idea de exclusividad geográfica.
Si tú eres el templo, entonces:
- Dios está en la oficina a las 3:00 p.m.
- Dios está en la fila del supermercado.
- Dios está en la sala de espera de un hospital.
La santidad de los platos sucios
La parte más poderosa de esta reflexión es la que nos devuelve a nuestra realidad más cruda: Tu cotidianidad es el verdadero escenario de lo sagrado.
A veces buscamos experiencias místicas extraordinarias, cuando lo divino se manifiesta en:
- Tus platos sucios: Que son señal de que hubo alimento y vida en tu hogar.
- Tus retos laborales: Donde se pone a prueba tu integridad, tu paciencia y tu servicio a los demás.
- Tus momentos de descanso: Donde reconoces tu fragilidad y la necesidad de renovar fuerzas.
Conclusión
No busques a Dios únicamente en el eco de una catedral. Mírate al espejo, mira a quien tienes al lado y observa tu rutina. El cielo no está esperando a que entres en un edificio; está presente en cada respiro y en cada tarea sencilla de tu día a día. Tú eres el santuario.
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